En cierto modo pienso que el graffiti me ha enseñado muchas cosas, algunas buenas y otras no tan buenas. En realidad la gracia de salir a pintar nunca estuvo en pintar en sí, estaba en lo que sucedía antes y en lo que pasaba después. Era la excusa para salir a vivir aventuras nuevas, creernos Reyes, hacer locuras.

Probablemente mi relación con la pintura iba mucho más allá del propio graffiti, cuando mi madre me decía que no pintara siempre recordaba las palabras de mi abuela al verme dibujar un caballo siendo pequeño:» Mi nieto va a ser pintor», decía.

Probablemente si no hubiese amado tanto pintar habría acabado en la cárcel o siendo atracador de bancos. A propósito, puede que algún día os cuente lo que me sucedió una vez en la cárcel… esa es otra historia…

Recuerdo que era una de esas noches en las que la luna brillaba tenue, caminaba de vuelta a casa, como de costumbre pensando en pintar.

 Mis amigos ya estaban todos en sus casas y sabía que necesitaba hacer algo para evitar es ansiedad interna que siempre me acompaña.

 Paseando por la acera miré a mi izquierda y casualmente vi un gran cubo de basura lleno de herramientas cubiertas de pintura, comencé a rebuscar y encontré un gran bote de pintura blanca.

Aquella época el poco dinero que tenía lo invertía neto en pintar y en gasolina para el coche para seguir pintando por todas partes, encontrar ese cubo para mí fue como un regalo del Señor, aunque estuviese rodeado de hedionda basura, mire a los lados no había nadie, lo cogí del asa y me lo lleve como una alimaña lleva su alimento a la madriguera. Sabía que aquella era mi noche.

 Abrí el maletero del coche encontré tres sprays de pintura gastados a los que con suerte dándole un par de patadas podría usarlos para trazar mi característico apodo. Cogí el coche con el depósito en reserva y me dirigí a un lugar en el que había estado pintando la semana pasada dónde olvide un par de rodillos tirados cerca de la carretera. Aparqué en un lugar abandonado y atravesé a pie varios carriles de la autopista hasta llegar al campo donde estaban tirados, lugar en el que dormían los vagabundos de la zona,afortunadamente no los desperté, estaban los rodillos apoyados en la pared como esperando mi llegada, me acerqué y al tocarlos estaban duros como piedras debido a la pintura, inservible, me llevé uno que pensé podría reutilizar lavándolo.

Fui a uno de los parques de la ciudad, me dirigí a la fuente de agua, estaba cortada. MIERDA, pensé.

Di varios golpecitos con el pie sobre la tierra para encontrar la tapia de la llave del agua, cuándo sonase hueco allí estaría, BINGO.

La encontré la abrí la encendí y metí el rodillo debajo del grifo pero aquello era inviable necesitaba estar húmedo de verdad, así que busque a mi alrededor un cuenco o algo similar donde meterlo. Allí no había nada ni nadie, mire a mi derecha y vi una papelera de metal, le di un par de patada y no conseguí desencajar la del palo, así que busque donde tenía los tornillos, saque las llaves del coche y las utilice a modo de destornillador, conseguir desatornillar el primero y volqué la papelera , salió toda la basura, pensé:

-Qué asco joder, qué estoy haciendo.

La cogí en brazos y me la lleve a la fuente, la llene de agua y metí el rodillo dentro

Una vez estipulé que estaba en su adecuado punto de cocción me lo lleve conmigo.

Recuerdo que iba en el coche y aquello apestaba, aquel rodillo había extraído todos los juegos de la basura y estaba desprendiendo su suculento olor por todo el habitáculo.

 Llegado a mi destino sortee los múltiples obstáculos que me separaban de mi objetivo, pasé el bote y los sprays por encima de una valla de metal y deslice mi reptiliano cuerpo por un agujero que probablemente hubieran hecho los conejos o los zorros. Me deslicé colina abajo entre los hierbajos clavándome espigas en los calcetines , es una de esas sensaciones desagradables que todo escritor de graffiti conoce.

Los coches pasaban delante de mí como relámpagos, había bastante tráfico, recuerdos atravesar varios carriles hasta estar rodeado por autopistas, las luces se veían reflejadas sobre los parasonidos y los grillos tocaban su música como una banda a medianoche. Dejé la pintura en el suelo e investigue un poco, escuché un sonido desconocido para mí, allí había alguien.

Me asomé por un hueco que había en los parasonidos para ver de qué se trataba y la cara se me iluminó por un instante, había 2 personas en la noche e ingenuo de mí creí que podría pintar con ellos, al fin y al cabo ¿qué harían dos personas en ese lugar un día de diario a media noche que no fuera pintar?

Me escondí cauteloso detrás del guardarraíl mientras los coches pasaban cómo estrellas fugaces, trate de ver entre los matorrales que se suponía que estaban haciendo.

De pronto uno de ellos levantó una pala y la clavó en el suelo, la sangre se me hizo hielo, lo que estaba claro es que estaban enterrando algo.

 Y lo que me parece más curioso de todo es que iban con un perro que no paraba de jadear, parecía la escena de un asesinato. Agudicé el oído para tratar de entender lo que decían, sin embargo el sonido de los coches no me permitía entender nada, creo que hablaba en algún idioma desconocido para mí.

al instante entendí que aquel no era un buen lugar en el que estar y que el perro no tardaría en olerme así que me aleje con extrema cautela y salí de aquel lugar apuntándome la ubicación exacta para volver al día siguiente. Me volví a casa preocupado, sabe Dios qué narices estaban enterrando ahí.

Ya podía ver las portadas de los periódicos » joven encuentra cadáver enterrado en la cuneta» o lo que es peor » la policía interroga al joven que encontró un cadáver en la carretera» sé que poniéndome en lo peor llamaría a la policía para contarles lo que había visto pero no era algo que me agradara,yo tampoco debería estar allí…

Esperé ansioso la noche del día siguiente, momento en el que llame a mis amigos Q y Rn.

Estaban flipando con lo que les contaba sabía que eran cañeros conté con ellos para acompañarme y accedieron. Nos dirigimos los tres dirección a la autopista, serían las 10 de la noche y estaba más peligroso que de costumbre.

Bajamos agachados con las capuchas puestas, escondiéndonos a cada rato para no ser vistos, en ese momento éramos tres chavales en la noche en busca de un cadáver, íbamos en fila india y de pronto Q metió el pie por el agujero de una alcantarilla enorme que casi se lo traga para abajo, le succiono la pierna entera, escuchamos un golpe metálico pensábamos que se había matado!

 Q farfulló algo, le ayudamos a salir del agujero cogiéndole de los brazos, se había dado un buen golpe y un buen susto, «gajes del oficio» pensé.

Seguimos nuestra intrépida aventura hasta llegar al agujero, me acerque a él con los pelos de punta y mire dentro con la cara de quien no quiere hacer algo pero debe hacerlo.

El agujero tenía un metro y medio de profundidad y estaba abierto, ahora sabíamos que no habían enterrado algo si no que lo habían desenterrado, había varias secciones de metal cortadas, ahí entendí qué aquellos tipos se habían llevado todo el cobre que daba tendido eléctrico a la carretera, puede que kilómetros de cable sacados por ese agujero solo para ser vendidos a un precio que probablemente no valiera la pena, quedé francamente desilusionado.

Nos miramos los unos a los otros ¿ya está? ¿ Para esto tanta incertidumbre?. Por un lado volvimos a casa decepcionados, pero por otro, en realidad prefiero no haber encontrado lo que creía que iba a encontrar, probablemente habría sido una de las múltiples imágenes que se me han quedado grabadas y me vuelven como flashbacks cuando menos lo necesito. Mejor así, pensé.

Fdo:D.Largo