Andrés Moreno



El pasado 4 de abril se cumplieron 50 años del asesinato del líder afroamericano Martin Luther King, una de las figuras más importantes del siglo pasado, precursor del Movimiento por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos.
 
En dicha potencia mundial, el movimiento por la igualdad civil, impulsado por negros y blancos, tenía por delante un difícil y largo camino. Motivados por el rechazo pasivo o activo de una mayoría de la sociedad blanca, que paulatinamente cambia su percepción sobre los negros (16 millones), y por la violencia de los de los grupos supremacistas blancos, responsables de miles de linchamientos a finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, con la colaboración de las policías locales y un sistema judicial formado íntegramente por blancos.
 

En este combate, desempeñó un papel fundamental el reverendo y doctor en filosofía Luther King, pastor bautista cuyos métodos, de desobediencia civil y resistencia pacífica, se inspiran en la figura de Gandhi. Desde mediados de los cincuenta, logró movilizar a una parte importante de la comunidad negra en la lucha para alcanzar la plenitud de derechos.
 
Desde la National Association for the Advancedment of Colored People (NAACP), King y otros impulsores del movimiento, obtuvieron triunfos en forma de sentencias judiciales y actos legislativos.
 
En abril de 1963, organizó una campaña contra la segregación en Birmingham, una de las ciudades dominadas por los racistas blancos. Las imágenes de la policía dispersando a los manifestantes con perros y la detención de King dieron la vuelta al mundo, al igual que el asesinato cometido al año siguiente por el Ku Klux Klan (KKK) de tres trabajadores por los derechos civiles (dos blancos y un negro) que trabajaban en la ardua tarea de registrar electoralmente a negros en Mississippi; el sheriff los detuvo, por supuesto exceso de velocidad, los interrogó y los puso en libertad para que cayeran en manos de miembros del KKK.
 

 
Pieza principal de la campaña de Luther King fue la marcha sobre Washington, el 28 de agosto de 1963, cuando pronunció, en las escalinatas del Capitolio, y ante unas 250.000 personas, uno de los discursos más célebres de la historia “I have a dream”, en el que inmortalizó la lucha contra la discriminación racial:
 
“Quiero soñar que mis cuatro hijos vivirán algún día en un país donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por lo que atesora su corazón (…) Cuando logremos que la libertad reine en cada pueblo y aldea, en cada estado y cada ciudad, podremos esperar la inmediata llegada del día en que todos los hijos de Dios, blancos y negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, podremos unir nuestras manos y cantar con las palabras del viejo espiritual negro: ¡Libres, al fin! ¡Libres, al fin! ¡Gran Dios todopoderoso, al fin somos libres!”
 
La magnitud social y mediática de su movimiento fue tal que, un año después, en 1964, a través de una filosofía de no violencia y con Johnson en la presidencia, King contribuyó a hacer avanzar a EEUU hacia la aprobación de dos importantes leyes en el siglo XX: el Civil Rights Act (Ley de Derechos Civiles), que ilegalizaba la discriminación en las instituciones públicas, en el gobierno o en puestos de trabajo y la Voting Rights Act (Ley de Derecho al Voto) de 1965, que prohibía cualquier argucia legal que impidiese el registro para el voto a los negros.
 

 
Premio Nobel de la Paz en 1964, cuatro años después, con tan solo 39 años, fue asesinado de un disparo por un hombre de raza blanca mientras estaba en el balcón de un motel en Memphis, Tennessee el 4 de abril de 1968. Allí, estuvo en el origen de la huelga de basureros negros que el reverendo había decidido apoyar, entre otras brechas raciales que dividía a Estados Unidos. El crimen desató una ola de protestas que dejó 43 muertos y miles de heridos y detenidos.
 
¿Se cumplió finalmente el sueño de Luther King?
 
Lo que está claro es que, cuarenta años después de su muerte, un político de color, Barack Obama, se convirtió en el primer presidente negro de los EEUU.
 
Y por ende, en el cincuentenario de su muerte, su sueño, su legado y su discurso siguen siendo icónicos, donde a día de hoy, miles de personas mantienen firmes cada uno de sus principios.
 

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