D . L ▲R G O

Llevaba días sin poder conciliar el sueño, las horas pasaban muertas leyendo noticias sobre el escándalo bursátil, desmanes flagrantes del gobierno y miles de muertos a manos de un asesino silencioso que se había colado en nuestras vidas por la puerta de atrás, un agente patógeno y mortal que se llevaría por delante todos los castillos que nuestra sociedad moderna había construido en el aire.

Todo el país quedó paralizado y los ciudadanos quedamos solos y encerrados por orden gubernamental en nuestros hogares, sin poder salir de casa, ni trabajar, ni ver a nuestros seres queridos, ni si quiera salir a tomar el aire. Tiempos oscuros.

Recuerdo que llovió incesantemente durante todo el mes y aquel día no fue la excepción.

Me quedé sólo junto a dos monstruos enormes y feos, la ansiedad y el miedo al futuro respectivamente.

Esos dos monstruos ocupaban la mayor parte de la estancia y el apestoso hedor de sus alientos inundaba mi corazón de incertidumbres.

Con el paso de los días mi ego fue deshinchándose y haciéndose cada vez más y más pequeño, a medida que los monstruos engordaban y me iban arrinconando cada vez más contra las paredes de mi hogar.

Podía sentir su pelaje duro y punzante sobre mi piel y el calor de sus cuerpos apretándome cada vez más contra la ventana, a la cual me asomaba para , de algún modo, tratar de mantener contacto visual con algún ser vivo que estuviera ahí afuera.

Algún alma en pena que vagara por el exterior.

Pasado un mes la calle se convirtió en un lugar prohibido, en un lugar inhóspito y maldito.

Los cuervos negros se agolpaban sobre la verja de mi casa ,frente a la ventana, dónde se peleaban entre ellos tratando de arrancarse del pico lo que parecían ser los restos de un pequeño roedor al que le habían arrancado la cabeza.

Aquella mañana alguien llamo a la puerta rompiendo el silencio de más de 30 días de grisácea soledad. Aquello me infringió un gran himpas, no recordaba haber pedido nada por internet, no esperaba la visita de nadie y menos en aquella distópica situación.

Un hecho que en mi vida normal habría pasado desapercibido se convirtió en algo eventual que despertó mi suspicacia. Quien fuera que estuviera al otro lado de la puerta no era de fiar, así que, sin alejar la mirada de la puerta cogí a tientas un palo que había apoyado contra el mueble.

El timbre volvió a sonar, esta vez de manera más prolongada que la anterior mientras me acercaba a la puerta, y al llegar a ella deslice la mirilla.

Se veía todo negro, la estaban tapando por el otro lado.

Al instante la otra persona la destapo, y para mi sorpresa lo que cubría la mirilla era el interior de la cuenca vacía de su ojo.

Se trataba de una anciana, era tuerta y tenía el pelo blanco y alborotado. Sus pies desnudos dejaban entrever la suciedad de sus intenciones y su ropa harapienta reposando sobre el suelo de azulejos denotaba necesidad.

Me miraba insistentemente a través de su cuenca por la mirilla.

Volvió a pulsar una vez más el timbre de mi casa.

Yo conocía a aquella anciana, ella podía ver lo que había en mi subconsciente a través de su cuenca.

Alguna vez la había visto oculta en las sombras de mi casa, solía esperarme detrás de las puertas pasada la media noche y en ocasiones entraba levitando por la ventana de mi habitación para susurrarme al oído mientras dormía.

Más de una vez me despertaba,  y en ese momento se dirigía rápidamente a la puerta hasta desvanecerse por completo como un fantasma dando un portazo enorme que tiraba al suelo todos mis cuadros y obras de arte rompiendo muchas de ellas irremediablemente.

Su nombre es Neurosis .

Ella sabe quién soy mejor que yo mismo y suele aparecer cuando los monstruos que viven conmigo son lo suficientemente grandes.

Abrí la puerta.

-Buenas noches D, me estabas esperando? .Dijo con su peculiar dicción silbante por la falta de dientes.

Era tarde, la lluvia golpeaba las ventanas con violencia y las nubes rugían.

Entró en mi morada con sus pies desnudos dejando un rastro de suciedad tras de sí en dirección al salón mientras agarraba sus harapos con una mano.

Se sentó en mi sillón y comenzó a arrancarse el pelo de la cabeza a mechones, como solía a hacer.

Neurosis tenía poca paciencia, y los monstruos eran ya tan grandes que sus cuerpos me impedían cerrar la puerta del todo por lo que la dejé abierta.

-Sabes que si no haces algo tomaré el control de tu conciencia? Infirió. Aquí estoy a gusto y este sillón es cómodo, además los monstruitos están contentos conmigo porque siempre les traigo chuches; ¿A que sí mis pequeños?? Dijo dirigiéndose a ellos mientras se arrancaba otro mechón de cabello y se lo daba de comer.

Las babas de sus apestosas bocas goteaban por su mano manchando en suelo de un líquido espeso.

En ese momento un rayo atravesó con su luz el salón iluminando el cráter que Neurosis tenía en la cara dejándome absolutamente paralizado.

Noté un sensible mareo y acabé vomitando encima de las sobras de la cena del día anterior que reposaban en la mesa del salón.

En ocasiones la única manera de convivir con los monstruos que invadían mi vida era convertirme en uno de ellos, eso sucedía cuando tomaba la decisión de salir a pintar.

«Ser un monstruo no es malo si el resto de personas no saben que lo eres» es una frase que me repito cuando necesito deshacerme de ellos.

+No quiero volver a veros, no formáis parte de mi vida, yo os maldigo. Dije

Y tomada la decisión de salir y saltarme la prohibición me di la vuelta para pedirles que se fueran, sin embargo me quedé con la palabra en la boca, allí no había nadie.

De nuevo un relámpago iluminó el sillón, esta vez vacío, mi salón se veía más grande que nunca .La anciana y sus 2 adláteres habían desaparecido sin despedirse.

En ese momento otro sonido me sobresalto dándome un susto de muerte, el reloj de pared marco las 12 en punto de la noche repitiendo su característico sonido una vez más, y mi corazón comenzó a palpitar desacompasadamente a la vez que mis pupilas se dilataron. Necesitaba salir a pintar para evitar que la anciana volviera a llamar a mi puerta, esta vez para quedarse.

Se había ido, pero no andaba lejos, podía notar su presencia en cada recoveco de mi hogar.

Me apresuré a calzarme las zapatillas de deporte y me dirigí a mi alcoba para preparar el equipo. El gobierno había geolocalizado a la población para evitar que saliesen de sus encierros, por lo que si salía de casa con mi teléfono móvil sería presa fácil.

La policía y el ejército patrullaban las calles, ávidos de poder en busca de imprudentes transeúntes a quienes amonestar y detener.

Debía enfrentarme a ellos o a la anciana, no tenía elección.

Decidí dejarlo sobre mi mesilla de noche y en su defecto me lleve una cámara de fotos digital de las que utilizaba en la época en la que empecé a pintar, antes de que los móviles cumplieran con todas las funciones necesarias para el ser humano.

También me abroche un reloj digital de pulsera que me había regalado un amigo para saber cuánto tiempo de oscuridad me quedaba. Preparé algunos enseres y agua para la larga travesía así como la pintura que llevaría conmigo en esta misión de la que no sabía en qué condiciones volvería, o si volvería.

Llamé a mi amor para despedirme, quien notó un tono afligido en mi voz,

– Me hablas como si no fueras a volver. Dijo

Lo cierto es que no lo sabía, no sabía con qué me tendría que enfrentar ahí fuera.

Recogí mis pertenencias y las metí dentro de bolsas de basura para pasar desapercibido una vez estuviera fuera. Vecinos curiosos observan por las ventanas los movimientos de otros, tratando de aleccionar a aquellos que se saltaran las normas, la sociedad se convirtió en un lugar extraño sacando a la luz los más bajos instintos del ser humano.

Aquellos con quienes en el pasado pudiste intercambiar sonrisas de complicidad hoy podrían delatarte.

Salí por la puerta trasera del jardín, con las bolsas de basura en la mano, sudadera y abrigo.

De pronto un agobio inmenso me sobrevino,llevaba tanto tiempo sin salir a la calle que el clima había cambiado y hacía bastante más calor de lo que yo esperaba por lo que tuve que quitarme la sudadera y dejarla debajo de un coche de camino a mi destino.

A cada paso el corazón me palpitaba fuerte:

BOOM

BOOOOOMMMM

Me sequé el sudor frío de la frente con la mano que me quedaba libre mientras dirigía la vista a las ventanas en busca de curiosas miradas.

Mi reloj de pulsera marcaba las 12:30, hora prohibida.

A medida que iba avanzando mi estómago me hizo detenerme en numerosas ocasiones. Pensé en volver, y en ese momento una mano con los dedos largos y las uñas mal cortadas se posó sobre mi hombro izquierdo, era la mano de la anciana.

Mi tez se volvió blanca, y acelere el paso mientras contenía las ganas de vomitar, aquella vieja iba a volverme loco.

Pase de largo unos cubos de basura con las bolsas negras en la mano mirando con discreción a mi alrededor, allí no había nadie.

Al llegar al cruce de calles mi ritmo cardíaco se aceleró y vi a un hombre paseando al perro en la acera de enfrente.

Pensé en no adelantarlo para que no me viera y así tenerlo controlado, sin embargo los nervios me pudieron y aceleré el paso.

Al estar a la misma altura paró en seco y me lanzó una mirada furtiva mientras yo trataba de evitar el contacto visual a toda costa.

Desistí en mis ganas de voltear la cabeza para no quedar delatado mientras me dirigía a los próximos cubos de basura situados calle abajo en mi camino.

Marchaba con paso firme en dirección al bosque, ya que tiempo atrás había visto un agujero enorme en la valla que lo separaba la ciudad, mi esperanza era que aquel agujero continuará ahí y de ese modo bordear la ciudad en dirección a la carretera, lejos de miradas curiosas en los balcones y esquivando a los sociópatas uniformados.

Hice un pequeño parón en estos contenedores de basura dónde deje dos de mis bolsas que contenían basura real, y proseguí mi camino tras comprobar el perímetro con la bolsa que me quedaba. Una última calle me separaba del bosque, una calle por la que pasaban coches de policía de manera recurrente para contener a los disidentes.  

Me vi con el corazón en un puño, volvía a jugármela al cara o cruz.

En ese momento comencé a correr independientemente de lo que me encontrara, me dirigí desesperadamente a la valla y afortunadamente encontré con premura aquel fantástico agujero que me daba la bienvenida al mundo de lo desconocido.

Al atravesar la alambrada comencé a sentirme cómo Alicia en el País de las Maravillas entrando en la madriguera del conejo, no había ninguna luz y la luna jugaba al escondite con las nubes.

No podía encender ninguna luz así que caminaba a pasos cortos para no caer en ningún agujero ni lodazal, era primavera y las hierbas altas me llegaban hasta la cintura.

Sorteé un pequeño río que atravesaba un gran socavón de tierra y me apee valiéndome de mis manos desnudas para trepar por él.

Al salir de él dirigí una mirada de soslayo hacia la carretera alumbrada por farolas que había dejado atrás, y justo por ahí circulaba ahora un coche de Guardia Civil con las luces apagadas buscando a su próxima presa, afortunadamente yo ya era libre.

Me oculte detrás de un matorral, mientras comenzaba a apreciar todos los sonidos misteriosos que aquella naturaleza, más viva que nunca por la ausencia del hombre, manifestaba como señal de su exuberante hegemonía.

Recuerdo caminar y escuchar a mi paso todo tipo de animales , una serpiente enorme se deslizó entre las hierbas a escasos metros de mí recordándome que aquel no era momento ni lugar para un humano como yo.

Seguí caminando durante kilómetros amparado por las sombras de las encinas.

Temía que pasara algún helicóptero por encima de mí y diera la voz de alarma por lo que no me alejaba mucho de los árboles, comencé a escuchar en la lejanía los ladridos de un mastín.

Aquel perro estaba loco y es seguro que si me veía merodeando por ahí en la noche me arrancaría una parte de mi ser de un bocado, así que las encinas cumplieron un doble propósito para mí, protegerme de los perros salvajes y de la vista de los helicópteros.

Continué en silencio durante varios kilómetros y sortee numerosas vallas que había colocadas en mitad del campo con alambradas hasta que logré visualizar la carretera desde lo alto de una colina alumbrada por la luz de la luna.

Quedé un minuto maravillado por aquella deliciosa situación, y de pronto:

BFFFFFFFFFFFFF!!!!

Un animal volador salió disparado cerca de mi pie derecho alzando el vuelo a toda velocidad y dándome un susto de muerte. Era una perdiz, estoy seguro. Había importunado con mi presencia a una de las aves más inteligentes del páramo.

Ya estaba muy cerca de la autopista, solo necesitaba un pequeño empujón más, saltar la última de las vallas que me separaba de mi destino. Casi no había coches en la carretera, solo se veían camiones y algún que otro coche de policía, el característico eco de la humanidad se había desvanecido por completo, y con él todas las estructuras con las que invadimos la naturaleza dejaron de tener sentido, al menos esa fue la sensación qué evoco en mi haberlo visto con mis propios ojos. LA CIUDAD FANTASMA.

Traté de sortear esta última valla, sin embargo las hierbas me llegaban casi por el cuello y temía por mi integridad si caía en algún agujero ya que no tenía móvil para pedir ayuda, me encontraba profundamente vulnerable, así que opté por hacer un agujero para atravesarla, mi especialidad.

Al pasar por él note los primeros toquecitos en mi olfato, llevaba mucho tiempo caminando entre flores y ahora me veía envuelto en deliciosos olores. Las flores olían mejor que nunca, eran aromáticas y maravillosas, me froté con ellas una vez más y atravesé el agujero.

Corrí por la autopista como un conejo despistado y salté a la carrera el primer guardarraíl, llegando hasta un canal de aguas fecales en desuso, me asomé a él y vi una sombrilla y varias sillas  además de muebles, mucho me temo que allí vivía alguien, y dada la situación no quería importunarle ni darle el susto de su vida, así que emprendí un camino alternativo mucho más largo para sortearlo.

Estaba sudando a chorros por la presión del momento y poder contemplar todo aquello con mis propios ojos, llegué a un valle entre dos autopistas, bajo unos puentes, y en aquel lugar dominado por la presencia de una humedad selvática comencé a escuchar el sonido celestial de todo tipo de pájaros salvajes que jamás había escuchado en mi vida, lo que me llevo directo a aquella ocasión en la que mi amigo R me enseñó el zoológico Faunia a puerta cerrada, allí había todo tipo de aves exóticas haciendo gala de sus más peculiares cantos.

Fue como estar en la selva, sin yo saberlo me había teletransportado a África y de un momento a otro podía encontrarme en el maletero de unos furtivos, así que acto seguido agache la cabeza entre las hierbas y continúe mi camino atravesando más y más carreteras.

Ahora yo estaba en su territorio y debía obedecer sus leyes. Podía sentir como la madre naturaleza me hablaba, y me decía que no era bienvenido en su reino, podía sentir la presión en el cuello. No estaba haciendo otra cosa que recuperar lo que siempre fue suyo, nosotros los humanos no somos más que intrusos, que lejos de entender las leyes verdaderas inventamos las nuestras propias y las superponemos a las primeras.

Que no conozcamos algo o nunca lo hayamos visto no quiere decir que no exista, esto es algo que me suelo repetir cada vez que noto rigidez en mi manera de pensar.

Un coche pasó a toda velocidad devolviéndome a la realidad y recordándome que estoy vivo y que puedo hacer lo que quiero hacer sin que nadie me tenga que mandar ni tenga potestad alguna sobre mí.

Salté veloz todos los guardarrailes, paré un momento entre carreteras para hacer pis por los nervios que me seguía suscitando todo aquello, y escalé por una pared de piedra hasta llegar al lugar que había elegido en mi mente.

Cada vez que pasaba un coche me ocultaba entre las sombras como un auténtico explorador del mundo, un mundo desconocido para todos, aquello era un viaje al centro de lo humano.

Llegué a una mediana situada a pie de autopista, no había donde ocultarse. Cuando los coches pasarán tendría que saltar en dirección al campo, mis sentidos se agudizaron hasta tal punto que era capaz de escuchar las estelas de sonido de los coches a varios kilómetros de distancia, y ver las luces de los faros de reojo por los reflejos que hacían sobre las señales de tráfico.

Cogí los colores y comencé a pintar con el aliento contenido, miré la hora en mi reloj digital, las 2:30 de la madrugada.

Y a lo lejos se podía observar una pantalla luminosa sobre la autopista en la que se podía leer lo siguiente: «Estado de alarma, prohibido viajar, coronavirus».

De pronto dirigí la mirada al puente que había a mi derecha y vi como unas luces azules se aproximaban lentamente hacia mí, asique pegué un salto y salí de la carretera para observar pasar un coche de policía por delante de mi pieza a escasos metros de donde me había escondido.

 La sangre se me hizo tan densa que no circulaba con normalidad, no podían verme, mi mimesis era total.

Pegué un salto y continúe pintando observando con un ojo la carretera, y con el otro cómo mi mano coloreaba todas y cada una de las letras.

Pasado algún tiempo escuché unos pasos, unos pasos que procedían del campo en el que había guardado la pintura. Por el sonido que hacían las hojas al romperse parecían pasos humanos.

Quedé paralizado unos segundos de angustiosa incertidumbre, me aproximé con sigilo a aquel lugar para realizar una comprobación del perímetro, y detrás de un sombrío árbol, pude entrever la silueta de un ser de la noche, era bastante grande, por lo que pensé que podría tratarse de un zorro o un tejón, tenía miedo de que me mordiera, sin embargo estaba a una distancia considerable, sabía que si le respetaba él me respetaría a mí y así fue.

«Soy uno de los tuyos amigo», pensé para mis adentros » simplemente venía a saludarte».

Ya llevaba algunas horas en aquel lugar así que fui a consultar la hora para saber de cuánto tiempo disponía, y en ese preciso instante me di cuenta de que había perdido mi reloj, lo que me hizo perder la poca seguridad que me quedaba, estaba solo ante el peligro e incomunicando, un escalofrío me recorrió toda la espina dorsal.

Seguí pintando y cuando hube terminado fui a recolocar toda la pintura para llevármela conmigo,y, al fondo de la bolsa había un plátano, al cogerlo me di cuenta de que debajo había una pequeña luz, era la luz de mi reloj digital!!!!

Lo había recuperado, eso me dio un chute extra de energía, así que me tomé el plátano a toda velocidad observando paranoico a mi alrededor y saqué la cámara de fotos qué hacía por lo menos 10 años que no utilizaba.

La encendí e hizo un sonidito muy old school, me di cuenta de que si veían mi flash sabrían que había alguien ahí así que esperaba para hacer fotos cuando no veía absolutamente ningún coche, no paraban de pasar las furgonetas de control de carreteras, quienes, sin contar con la Policía ,eran mis enemigos más temidos.

Hice una ráfaga de fotos y creo que en alguna de las últimas un coche vio el Flash, lo que me hizo salir corriendo con todo el equipo a la espalda.

Me oculte jadeando tras la columna del puente para recobrar el aliento, momento en el que pensé que el guardarraíl más cercano a mi pieza tendría mis huellas dactilares impresas, por lo que la paranoia del momento me hizo volver corriendo con una botella de agua que tenía y frotar con la manga empapada en agua el guardarraíl para limpiar bien toda la escena del crimen.

Aquella vieja bruja seguía merodeando por mis pensamientos.

Estaba absolutamente embebido en una manía persecutoria, la misma que me impide dormir bien por las noches y me hace soñar que soy permanentemente perseguido y privado de mi libertad. El mundo de los sueños se agitaba sobre mí como las copas de los árboles con el viento.

Atravesé todas las autopistas en dirección al bosque , salté todas las vallas, sorteé de todos los obstáculos y subí todas las colinas hasta llegar al oscuro bosque.

De nuevo el mundo de los animales, de nuevo los ladridos del mastín y

 la luna arropada por las nubes. Soñaba despierto.

Escuché dos ramas partirse y me puse en guardia como un auténtico ninja y los ojos como platos, a lo que le siguió un gruñido de lo que debía ser un jabalí. Mi miedo era tropezarme con uno y no verlo ya que me embestiría, por lo que de ahí en adelante traté de alejarme lo máximo posible de los matorrales bajos.

Tras un largo caminar alcancé la salida del bosque, o lo que sería la entrada a la ciudad y de nuevo las dudas me invadieron, sentí que quería quedarme en el bosque, la ciudad no era lugar para alguien como yo.

Atravesé corriendo la carretera para no cruzarme con los malos, y continué andando calle arriba para recoger las bolsas de basura que unas horas atrás había abandonado mientras miraba a todas y cada una de las ventanas de los edificios, a todos y cada uno de los balcones, a cada esquina, cada acera y recoveco.

Subí la cuesta a la velocidad máxima que el andar humano permite, con el corazón en el bolsillo a cada paso, como si tuviera que tirarlo algún lugar seguro de un momento a otro.

Crucé varias calles y llegue hasta mi casa, a la que entre prácticamente corriendo por los nervios y el estrés acumulado.

Fui directo al salón para ver si había alguien allí sin embargo la vieja y los monstruos se habían esfumado, sabía que gracias a lo que había hecho tardaría en un buen tiempo en volver a molestarme.

Todo está bien, yo estoy bien, el mundo exterior sigue existiendo.

Hogar dulce Hogar.

Fdo: D.Largo


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